miércoles, 21 de junio de 2017

607 0 587 a.e.c. ¿cuàl es la correcta?





EN LAS PUBLICACIONES DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ SE AFIRMA QUE JERUSALÉN CAYÓ ANTE LOS BABILONIOS EN EL AÑO 607 ANTES DE NUESTRA ERA, MIENTRAS QUE LOS HISTORIADORES ACTUALES SUELEN FECHAR ESTE SUCESO EN 587. ALGUNOS OPOSITORES ATACAN A LOS TESTIGOS POR ACEPTAR LA FECHA DE 539 Y RECHAZAR LA DE 587. ¿POR QUÉ ES ESTO ASÍ? EN LAS PUBLICACIONES DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ SE AFIRMA QUE JERUSALÉN CAYÓ ANTE LOS BABILONIOS EN EL AÑO 607 ANTES DE NUESTRA ERA, MIENTRAS QUE LOS HISTORIADORES ACTUALES SUELEN FECHAR ESTE SUCESO EN 587. ALGUNOS OPOSITORES ATACAN A LOS TESTIGOS POR ACEPTAR LA FECHA DE 539 Y RECHAZAR LA DE 587. ¿POR QUÉ ES ESTO ASÍ?

Cómo se llega a 539 a.e.c.


Strm Kambyses 400
Se puede llegar a la fecha de 539 a.e.c. (antes de la era común) para la caída de Babilonia, no solo por el canon de Tolomeo (una lista de reyes babilonios y persas escrita en el siglo II de nuestra era, de cuya fiabilidad hablaremos después), sino  también por otros medios. Entre estos, destaca una tablilla de arcilla babilonia denominada BM 33066 o también Strm Kambyses 400, con la siguiente información astronómica correspondiente al año séptimo de Cambises II, hijo de Ciro II:

Año 7, tammuz, noche del 14, 1 2/3 horas dobles [tres horas y veinte minutos] después que vino la noche, un eclipse lunar; visible en todo su curso; llegó a la mitad norte del disco [de la luna]. Tebet, noche del 14, dos horas dobles y media [cinco horas] en la noche antes de la mañana [en la última parte de la noche], el disco de la luna se eclipsó; todo el curso visible; el eclipse llegó a las partes norte y sur”.(Inschriften von Cambyses, König von Babylon, de J. N. Strassmaier, Leipzig, 1890, núm. 400, líneas 45-48; Sternkunde und Sterndienst in Babel, de F. X. Kugler, Münster, 1907, vol. 1, págs. 70, 71.)

Aquí se habla de dos eclipses, dando sus fechas según el calendario babilónico. Estas fechas coinciden con dos eclipses que fueron visibles en Babilonia el 16 de julio de 523 a.e.c. y el 10 de enero de 522 a.e.c. (Canon of Eclipses, de Oppolzer, traducción al inglés de O. Gingerich, 1962, pág. 335.) Por tanto, esta tablilla parece indicar que el séptimo año de Cambises II empezó en la primavera de 523 a.e.c.

Como el séptimo año de Cambises II empezó en la primavera de 523 a.e.c., su primer año de reinado fue el 529 a.e.c., y su año de ascenso y último año de Ciro II como rey de Babilonia fue el 530 a.e.c. (recordemos que el periodo desde que un rey llegaba al trono hasta el fin de ese año se denominaba su año de ascenso, y el siguiente año completo era su primer año).
Así, sabemos cuál fue el último año de reinado de Ciro en Babilonia. La última tablilla fechada del reinado de Ciro II es del día vigésimo tercero del mes quinto de su noveno año. (Babylonian Chronology, 626 B.C.–A.D. 75, de R. Parker y W. Dubberstein, 1971, pág. 14.) Si el noveno año de Ciro II como rey de Babilonia fue el 530 a.e.c., según esta cuenta su primer año fue el 538 a.e.c., y su año de ascenso, el 539 a.e.c.
Hay otros medios que apuntan al mismo año: el historiador Diodoro, así como Africano y Eusebio, muestran que el primer año de Ciro como rey de Persia correspondió a la LVª Olimpiada, año 1 (560/559 a.e.c.), mientras que el último año de Ciro se coloca en la LXIIª Olimpiada, año 2 (531/530 a.e.c.). Las tablillas cuneiformes dan a Ciro un reinado sobre Babilonia de nueve años, lo que apoya el año 539 como la fecha de la conquista de Babilonia. (Handbook of Biblical Chronology, de Jack Finegan, 1964, págs. 112, 168-170; Babylonian Chronology, 626 B.C.–A.D. 75, pág. 14).
La crónica de Nabonido establece el día y el mes: 12 de octubre según el calendario juliano, 6 de octubre según el calendario gregoriano.
Tanto los historiadores como los testigos de Jehová calculan la fecha de la destrucción de Jerusalén a partir de la fecha de 539 a.e.c., aunque lleguen a conclusiones distintas.

Cómo se llega a 607 a.e.c.

Los testigos de Jehová lo calculamos de la siguiente manera:
Textos bíblicos como Jeremías 25:8, 9, 11-14; 29:10-14; Daniel 9:1, 2; 2 Crónicas 36:19-23; Zacarías 7:5; 1:12 indican que transcurrió un período de 70 años literales desde la desolación de Jerusalén y Judá hasta su restauración.
Puesto que los judíos regresaron en el segundo año de Ciro sobre Babilonia, es decir, el 537 a.e.c., contando 70 años hacia atrás llegamos a 607 a.e.c. Es así de sencillo.

Cómo se llega a 587 a.e.c.


Sin embargo, la cronología de Parker y Dubberstein, que es la que aceptan la mayoría de historiadores desde mediados del siglo XX, no presta atención al testimonio de la Biblia y realiza su cálculo basándose principalmente en el Canon de Tolomeo, y también en una tablilla astronómica llamada "VAT 4956". 
El Canon de Tolomeo menciona a cinco reyes de la dinastía neobabilónica que gobernó antes de la conquista de Ciro: Nabopolasar (al que asigna 21 años de reinado),

Nabucodonosor (43 años), Evil-merodac (2 años), Neriglisar (4 años) y Nabonido (17 años).
Contando hacia atrás desde 539 a.e.c. se llega a la conclusión de que Nabucodonosor empezó a reinar 66 años antes, es decir, en 605 a.e.c. (la tablilla "VAT 4956" parece apoyar esa fecha, pues menciona ciertos datos astronómicos del año treinta y siete del reinado de Nabucodonosor que parecen coincidir con la cronología del canon de Tolomeo). Puesto que textos como 2 Reyes 25:8 y Jeremías 52:29 muestran que la desolación de Jerusalén sucedió en el año décimo octavo de Nabucodonosor (décimo noveno si se cuenta a partir de su "año de ascenso") esto les lleva a la fecha de 587 a.e.c. (curiosamente, para esto sí aceptan el testimonio de la Biblia).

¿Cómo explicar la contradicción?

Para los que no creen en la infalibilidad de la Biblia, basta con decir que la cifra de 70 años es un error o una falsedad. Algunos creyentes tratan de explicarlo diciendo que la cifra de 70 años es simbólica, no literal, o que no transcurre entre la desolación de Judá y su restauración; pero los textos citados arriba no apoyan esas conjeturas. Por tanto los cristianos nos vemos ante la tesitura de creer a Parker y a Dubberstein, que asignan al exilio una duración de 50 años, o creer al autor de la Biblia, que le asigna 70 años.
Para los testigos de Jehová la opción es clara, y no hay necesidad de ir más allá. Sin embargo, se pueden añadir algunos comentarios sobre la fiabilidad de los datos que contradicen el testimonio bíblico.
Ningún historiador puede negar la posibilidad de que el cuadro actual de la historia babilónica pueda ser engañoso o estar equivocado. Se sabe, por ejemplo, que los sacerdotes y reyes de la antigüedad a veces alteraban los registros según los fines que perseguían. O, aun si la evidencia descubierta fuera exacta, pudiera haber sido mal interpretada por los doctos modernos, o estar incompleta, de modo que la cronología de aquel período pudiera ser drásticamente alterada por alguna nueva teoría cronológica o por material todavía no traducido.
En cuanto al canon de Tolomeo, del siglo II de nuestra era, el profesor E. R. Thiele escribe en su libro The Mysterious Numbers of the Hebrew Kings:,:

"El canon de Tolomeo se prepara principalmente con propósitos astronómicos, no históricos. No daba a entender que presentara una lista completa de todos los gobernantes ya sea de Babilonia o de Persia, ni el mes o día exacto del principio de sus reinados, sino que era un recurso que hacía posible colocar correctamente en un extenso arreglo cronológico ciertos datos astronómicos que entonces estaban disponibles. Los reyes cuyos reinados duraron menos de un año y que no abarcaron el día de Año Nuevo, no fueron mencionados."

Es importante tener en cuenta que el canon no se escribió como un registro histórico, sino astronómico: Tolomeo usó los reinados de antiguos reyes (según él los conocía unos siete siglos después) simplemente como un marco  en el cual colocar la información astronómica. Por eso, no se puede tener seguridad de que estuviese en lo correcto al asignar cierto número de años a varios reyes. De hecho, mientras Tolomeo le acredita a Evil-merodac solo dos  años de gobierno, Polyhistor le asigna doce años, por poner un ejemplo. Además, no es posible estar seguro de que hayan reinado solo cinco reyes durante este período. Por ejemplo, en Borsipa se encontraron varios nombres de reyes babilonios que no aparecen en el Canon de Tolomeo ni en ninguna otra parte.


En cuanto a la tablilla "VAT 4956", en primer lugar hay que tener en cuenta que el texto es dudoso. El contenido del texto no es un original, sino una copia de otro texto anterior, y contiene numerosos espacios en blanco; actualmente ni siquiera se entienden algunos de los términos que se encuentran en ella; en el texto aparece dos veces el apunte hi-bi (que significa, "roto, borroso"), con lo que el copista reconoció que estaba trabajando con  una copia defectuosa. Por otra parte, debe considerarse que al igual que el canon de Tolomeo, simplemente usaba los reinados de antiguos reyes, según la cronología que se aceptaba en su tiempo, como un marco para colocar la información astronómica; de modo que el escriba de la "VAT 4956" pudo sencillamente insertar el ‘año treinta y siete de Nabucodonosor’ según la fuente de información que utilizase. Los investigadores alemanes Neugebauer y Weidner (que son quienes tradujeron el texto), reconocen que el escriba cambió palabras para adaptarlas a la terminología abreviada en uso en su día, pero de modo inconsistente e inexacto; del mismo modo, fácilmente pudo haber insertado otra información que se adaptara a sus propósitos, de manera que cabe la posibilidad de que tanto el canon de Tolomeo como la "VAT 4956" hayan derivado de una misma fuente básica y compartan errores mutuos. 

Pero lo más curioso de todo es que si se compara la información astronómica que aporta esta tablilla con la del año que armonizaría con la cronología bíblica (20 años más atrás), los datos encajan incluso mejor, lo que apoya la fecha de 607 a.e.c.

En oposición al canon de Tolomeo y a la interpretación que suele hacerse de la "VAT 4956" se yerguen los testimonios unánimes de Jeremías, Zacarías, Daniel y el escritor de 2 Crónicas, según los cuales Judá y Jerusalén yacieron desoladas por setenta años. 
Si los demàs quieren darle crèdito a las informaciones seglares, allà ellos,
pero los testigos de Jehová preferimos dar crédito a estos últimos.
Y recordemos que cada vez que ha habido un conflicto entre lo seglar (mèdico, cientìfico, lugares, fechas, etc.), y lo bìblico, pues lo bìblico ha resultado veraz.


Como dato anecdòtico la Iglesia Adventista del 7ª dìa ha sufrido otra escisiòn ( Separación, ruptura o desacuerdo que se produce entre personas que tenían intereses comunes al final se produjo la escisión del partido.), por el hecho de que algunos adventistas estàn tomando mas en serio la fecha del 607 a.e.c., que va en contra de sus creencias fundamentales











El gen de la "inmortalidad"



MUCHAS culturas tienen relatos y fábulas con las que tratan de explicar la razón por la que fallece el ser humano. Así, una leyenda africana cuenta que Dios envió un camaleón para que llevara la inmortalidad al hombre, pero viajó tan lento que se le adelantó el lagarto, portador del mensaje de la muerte. La crédula humanidad aceptó sus palabras y perdió la vida eterna.
A lo largo de la historia, los filósofos han procurado dar respuesta al interrogante de por qué expira el hombre. En el siglo IV antes de nuestra era, el filósofo griego Aristóteles enseñó que la continuación de nuestra existencia dependía de la capacidad del organismo para equilibrar el calor y el frío. Señaló: “La muerte siempre se debe a cierta falta de calor”. Platón, por su parte, afirmaba que el hombre poseía un alma imperecedera que sobrevivía al fallecimiento del cuerpo.
Hoy día, pese a los asombrosos avances de la ciencia moderna, las preguntas de los biólogos respecto al motivo del envejecimiento y la muerte aún no han recibido cumplida respuesta. Como indica el semanario londinense The Guardian Weekly: “Uno de los grandes misterios de la medicina no es por qué muere la persona aquejada de una afección cardiovascular o de cáncer, sino la que no tiene mal alguno. Si las células humanas se dividen y, mediante tal escisión, se renuevan de continuo durante unos setenta años, ¿por qué dejan súbitamente de duplicarse?”.
A fin de comprender el envejecimiento, los genetistas y biólogos moleculares han fijado su atención en la célula. Muchos científicos creen que estas unidades microscópicas encierran la clave de la longevidad. Hay quienes piensan, por ejemplo, que la ingeniería genética logrará a corto plazo vencer el cáncer y las enfermedades cardíacas. Ahora bien, ¿está la ciencia a punto de realizar el sueño del hombre de vivir para siempre?
Se descifran los secretos de la célula
Aunque las generaciones pasadas intentaron descifrar los secretos celulares, carecían del instrumental necesario para ello. Ha sido únicamente durante el siglo XX cuando los científicos han podido examinar el interior de la célula y muchas de sus partes elementales. ¿Qué han descubierto? “La célula —señala Rick Gore, escritor de temas científicos— ha resultado ser todo un microuniverso.”
Para hacerse una idea de su enorme complejidad, hay que tener presente que está constituida por billones de unidades mucho menores, llamadas moléculas. Los científicos que examinan la estructura celular descubren un orden extraordinario que evidencia diseño. Philip Hanawalt, profesor adjunto de Genética y Biología Molecular de la Universidad de Stanford, señala: “Hasta en la célula más sencilla, el crecimiento normal exige que se sucedan de forma coordinada decenas de miles de reacciones químicas”. Luego añade: “Los logros programados de estas diminutas fábricas químicas exceden por mucho a las aptitudes del científico que se afana en su laboratorio”.
Imaginémonos, pues, las enormes proporciones que tendría la tarea de tratar de extender la vida del ser humano por medios biológicos. Además de entender a fondo los componentes básicos de la vida, habría que disponer de la capacidad de manipularlos. Demos un vistazo a la célula humana para comprender mejor qué retos afrontan los biólogos.
Todo está en los genes
Dentro de cada célula existe un complejo centro de control: el núcleo. Este dirige las actividades celulares según las instrucciones codificadas que se encuentran en los cromosomas.
Los cromosomas están formados principalmente por proteínas y ácido desoxirribonucleico (ADN, para abreviar). Aunque los científicos conocían el ADN desde finales del decenio 1860-1870, no comprendieron su estructura molecular sino hasta 1953. Pero los biólogos todavía tardaron una década más en entender el “idioma” que emplean las moléculas del ADN para transmitir información genética (véase el recuadro de la pág. 22).
En los años treinta, los genetistas descubrieron que en los extremos de los cromosomas hay una breve secuencia de ADN que contribuye a estabilizarlos. Estos fragmentos de ADN se llaman telómeros (del griego té·los, final, y mé·ros, parte) y son, por su cometido, como los remates de un cordón de zapato. Sin ellos, los cromosomas tenderían a destrenzarse, dividirse en segmentos cortos, adherirse unos a otros o, de algún otro modo, volverse inestables.
Los estudiosos descubrieron posteriormente que, en la mayoría de los tipos de células, los telómeros se acortan con cada división sucesiva. Así pues, tras unas cincuenta escisiones, los telómeros quedan reducidos a nudos minúsculos, por lo que la célula deja de dividirse y termina muriendo. La primera observación de que las células al parecer realizaban un número limitado de divisiones antes de morir la hizo en los años sesenta el doctor Leonard Hayflick. De ahí que en la actualidad se llame a este fenómeno límite de Hayflick.
¿Había descubierto el doctor Hayflick la clave del envejecimiento celular? Así lo creyeron algunos. En 1975, la publicación Nature/Science Annual afirmó que los mejores expertos en el tema opinaban que “todos los seres vivos llevan en su interior un mecanismo autodestructivo programado con precisión, un reloj del envejecimiento que les va restando vitalidad”. Es más, empezó a abrigarse la esperanza de que por fin los científicos estuvieran a punto de descifrar el proceso del envejecimiento propiamente dicho.
En los años noventa, los investigadores que estudiaban las células cancerosas humanas dieron con otra pista importante sobre el “reloj celular”. Descubrieron que estas células malignas habían aprendido de algún modo a desactivarlo y podían dividirse indefinidamente. Este hallazgo condujo a los científicos a una enzima sumamente peculiar, la telomerasa, que se había descubierto en los años ochenta y que posteriormente se encontró en la mayoría de los tipos de células cancerosas. ¿Qué hace esta enzima? Podría decirse, simplificando, que alarga los telómeros y de este modo es como una llave que reajusta el “reloj celular”.
¿El fin del envejecimiento?
El estudio de la telomerasa no tardó en convertirse en uno de los campos de la biología molecular que generó más interés. Una de las implicaciones era que si los biólogos lograban valerse de esta enzima para compensar la reducción de los telómeros que sucede al dividirse normalmente las células, quizás conseguirían detener el envejecimiento o al menos demorarlo sustancialmente. Es de interés que el boletín Geron Corporation News señala que los estudios de laboratorio realizados con la telomerasa ya han demostrado que las células humanas normales pueden modificarse a fin de que adquieran “una capacidad de duplicación infinita”.
Pese a tales avances, no hay muchas razones para creer que, a corto plazo, los biólogos logren prolongarnos significativamente la vida mediante la telomerasa. ¿Por qué no? Entre otras razones, porque el envejecimiento implica mucho más que el deterioro de los telómeros. Examinemos, por ejemplo, los comentarios que hizo el doctor Michael Fossel, autor del libro Reversing Human Aging (La reversión del envejecimiento humano): “Si derrotamos el envejecimiento en su forma actual, de todos modos seguiremos degenerando con la edad de alguna manera nueva, menos conocida. Si extendemos nuestros telómeros indefinidamente, tal vez no contraigamos las enfermedades que asociamos con la ancianidad, pero terminaremos desgastándonos y muriendo”.
En efecto, existen varios factores biológicos que contribuyen a este proceso. Pero, por el momento, las respuestas siguen ocultas, fuera del alcance de los científicos. Leonard Guarente, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, reconoce: “Por ahora, el envejecimiento mantiene, a buen grado, su enigmática complejidad” (Scientific American, otoño de 1999).
Mientras los biólogos y genetistas siguen escrutando la célula a fin de entender por qué decaemos con la edad y finalmente morimos, la Palabra de Dios revela la auténtica razón. Sencillamente declara: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado” (Romanos 5:12). En efecto, fallecemos a consecuencia de un mal que la ciencia nunca podrá curar: el pecado heredado del primer hombre (1 Corintios 15:22).
Por otro lado, nuestro Creador promete anular mediante el sacrificio redentor de Cristo los efectos del pecado heredado (Romanos 6:23). Podemos tener la certeza de que el Creador sabe cómo revertir el envejecimiento y la muerte, pues el Salmo 139:16 dice: “Tus ojos vieron hasta mi embrión, y en tu libro todas sus partes estaban escritas”. Ciertamente, Jehová Dios preparó el código genético y, por así decirlo, lo escribió. Por consiguiente, cuando llegue el momento que ha designado, intervendrá para que nuestros genes permitan que las personas que obedezcan sus estipulaciones reciban vida eterna (Salmo 37:29; Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4).

EL “IDIOMA” DEL ADN


Las “letras” (unidades fundamentales) del idioma del ADN son los componentes químicos llamados bases. Hay cuatro tipos de bases: timina, adenina, guanina y citosina, que suelen abreviarse T, A, G y C. “Estas cuatro bases deben verse como las unidades de un alfabeto de cuatro letras —señala la revista National Geographic—. Al igual que combinamos las letras del abecedario para formar palabras con sentido, también combinamos las A, T, G y C que componen nuestros genes para constituir ‘palabras’ de tres letras que resulten comprensibles a la maquinaria celular.” Además, con las “palabras” genéticas se construyen “oraciones” que le indican a la célula cómo elaborar una determinada proteína. El orden en que estén dispuestas las letras del ADN determina si la proteína funcionará como una enzima que nos ayude a hacer la digestión, como un anticuerpo que combata una infección o como cualquier otra de los miles de proteínas del organismo. No es de extrañar que el libro The Cell (La célula) llame al ADN “los planos esenciales de la vida”.


El libro que prohibìa libros





¿POR qué sienten muchas personas recelos ante la Biblia? En determinados países pudiera deberse en parte a un instrumento del hombre para reprimir la “herejía”: el Índice de libros prohibidos. ¿Cómo es posible?
Inicialmente, la Iglesia Católica acogió con entusiasmo la invención de la imprenta, y hasta hubo papas que le dispensaron elogios y compartieron la opinión de ciertos clérigos que la llamaron “arte divino”. Sin embargo, la jerarquía eclesiástica no tardó en comprender que también constituía un medio de difundir ideas contrarias al catolicismo, de forma que para fines del siglo XV se promulgaron restricciones en varias diócesis europeas. Siguiendo esta misma línea, se introdujo el imprimátur (licencia para editar un escrito), y el quinto Concilio de Letrán (1515) impuso normas sobre la impresión cuya desobediencia llegaba incluso a acarrear la excomunión. Pero estas medidas, sobre todo una vez iniciada la Reforma protestante, no consiguieron impedir la circulación de libros e impresos considerados por la Iglesia peligrosos para la fe y la moral. De ahí que a finales del siglo XVI surgieran círculos vaticanos que manifestaron su deseo “de que no hubiera imprenta por muchos años”.

Para poner freno a lo que un jesuita italiano denominó —en fecha tan reciente como 1951— “violenta inundación cenagosa de libros infectos”, la Iglesia pensó en confeccionar una lista válida para todos sus fieles. 
En 1542 se instituyó la Inquisición romana, cuya primera medida pública fue un edicto contra la libertad editorial en el ámbito religioso. 
Cuando el anterior inquisidor general, Gian Pietro Carafa, se convirtió en 1555 en el papa Pablo IV, estableció enseguida una comisión dedicada a elaborar un catálogo de obras vedadas. 
El primer Índice de libros prohibidos de carácter universal se editó en 1559.
¿Qué tipo de libros prohibía?
La obra estaba dividida en tres secciones. La primera enumeraba los autores cuyos libros estaban proscritos en todo caso, sin importar el tema del que trataran. 
La segunda incluía los títulos de obras desaprobadas sobre cuyos autores no pesaba una condena general. 
Y la tercera impedía la lectura de una larga lista de textos anónimos. En total, el índice contenía 1.107 censuras que no solo afectaban a escritores de asuntos religiosos, sino de otro tipo de temas. 
Además, en un apéndice hacía mención de las ediciones desautorizadas de la Biblia, especificando que no se aceptaban versiones realizadas en lenguas vulgares, es decir, en los idiomas del pueblo.
Aunque en fechas anteriores ya se habían impuesto prohibiciones locales, “con estas disposiciones de obligado cumplimiento para todos los católicos, la Iglesia se pronunciaba oficialmente por vez primera contra la impresión, lectura y posesión del texto sagrado en lengua vernácula”, señala Gigliola Fragnito, profesora de Historia Moderna en la Universidad de Parma (Italia). El índice fue blanco de encarnizada oposición, tanto por parte de libreros y editores como de los gobiernos, que obtenían beneficios del negocio de la impresión. Por esta y otras razones se ordenó realizar una nueva edición, publicada en 1564, después del Concilio de Trento.
En 1571 se creó una comisión especial, la Congregación del Índice, para que llevara a cabo su revisión. En un momento llegó a haber tres autoridades con la facultad de decidir qué obras resultaban vedadas: la Congregación del Santo Oficio, la Congregación del Índice y un dignatario pontificio denominado el maestro del sacro palacio. Los conflictos de atribuciones y las divergencias de opinión sobre el hecho de si debía concederse más autoridad a los obispos o a los inquisidores locales contribuyeron a que se demorara el tercer catálogo de libros prohibidos. El índice, preparado por su respectiva congregación y promulgado por Clemente VIII en marzo de 1596, quedó suspendido a petición del Santo Oficio hasta que se proscribió más enérgicamente la lectura de versiones bíblicas en las lenguas populares.
Con esta edición, el Índice de libros prohibidos adquirió un formato más o menos estable, pese a las continuas actualizaciones a lo largo de los siglos. Muchos evangélicos, que vieron sus obras incluidas en él, lo definieron como “la mejor guía para identificar los libros más deseables”. Hay que admitir, sin embargo, que la política protestante sobre censura editorial era muy parecida a la católica.
El índice tuvo consecuencias desastrosas en la cultura, que en países como Italia se vio confinada a “un estrecho aislamiento”, según el historiador Antonio Rotondò. Un colega suyo, Guido Dall’Olio, afirma que fue “una de las causas principales del gran atraso cultural italiano respecto a la mayoría de las restantes zonas europeas”. Por irónico que parezca, algunos libros sobrevivieron porque fueron colocados en el “infierno”, nombre que recibía el apartado de muchas bibliotecas eclesiásticas donde se guardaban bajo llave las obras prohibidas.
Pero al llegar el siglo de las luces, la opinión pública asumió un papel que contribuyó a la decadencia gradual del “más imponente aparato represor levantado contra la libertad de imprenta”. En 1766, un editor italiano escribió: “Es el público, y no Roma con sus prohibiciones, quien decide el mérito de los libros”. El índice fue perdiendo importancia, de modo que en 1917 se disolvió la congregación que lo redactaba. Desde 1966, dicho catálogo “ya no tiene valor de ley eclesiástica con las censuras que lo acompañan”.
La Biblia en las lenguas del pueblo
La historia del índice revela que, de todos los “libros infectos”, había uno en particular que preocupaba a las autoridades eclesiásticas: la Biblia en lengua vulgar. En el siglo XVI se incluyeron en estos catálogos “cerca de doscientas diez ediciones íntegras de la Biblia y del Nuevo Testamento”, de acuerdo con el erudito Jesús Martínez de Bujanda. Aunque los italianos habían sido durante ese siglo fervientes lectores del texto sagrado, el índice —con sus estrictas prohibiciones de las versiones bíblicas en lengua vernácula— logró alterar radicalmente la relación de este pueblo con la Palabra de Dios. “Prohibida y removida por ser fuente de herejías, la Sagrada Escritura terminó por confundirse en la mente de los italianos con los escritos de los herejes”, señala la profesora Fragnito, que añade: “El camino de la salvación para la población católica de Europa meridional transcurría a través del catecismo”, de modo que “se prefería un pueblo infantilizado a un pueblo religiosamente maduro”.
No fue sino hasta 1757 cuando el papa Benedicto XIV autorizó la lectura de “versiones de la Biblia en lengua vulgar [...] aprobadas por la sede apostólica”. Gracias a ello pudo prepararse al fin una nueva versión italiana basada en la Vulgata latina. Con todo, los católicos italianos tuvieron que esperar hasta 1958 para recibir su primera traducción bíblica completa realizada directamente a partir de los idiomas originales.

De acuerdo con Fragnito, en la actualidad son particularmente los no católicos quienes más se afanan por “difundir por doquier las Escrituras”. Entre los más activos figuran sin duda los testigos de Jehová, quienes han distribuido más de cuatro millones de ejemplares de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras en italiano. De esta manera han contribuido a reavivar el amor por la Palabra de Dios en los corazones de miles de personas (Salmo 119:97). 

El Infierno ¿es un lugar de tormento?






ALGUNOS dicen que sí; otros dicen que no; otros sencillamente no saben. La creencia de que el infierno era un lugar de fuego y tormento para las almas impenitentes después que morían era una creencia casi universal en la cristiandad hace unos cuantos siglos. Hoy día, muchas personas la rechazan y prefieren la simple filosofía de que “el infierno existe aquí mismo en la Tierra”. ¿Cuál es la creencia verdadera? ¿Realmente van al infierno las personas malas? ¿Es un lugar de tormento?
Existen muchas teorías acerca del infierno. El concepto medieval era que el infierno era un lugar subterráneo donde pecadores impenitentes sufrían intensa agonía para siempre. Dante, famoso poeta que nació en el siglo XIII, escribió en su obra titulada The Eleven Pains of Hell (Los once dolores del infierno):
Hay árboles ardientes de los cuales cuelgan las almas de los que nunca asistían a la iglesia en esta vida, [...]
Hay un horno ardiente, y al lado hay siete diablos parados que echan las almas culpables en el horno [...]
Las almas culpables no tienen descanso”.
Miguel Ángel representó dicho infierno espantoso en una pintura que hizo en la Capilla Sixtina del Vaticano. Se dice que esta obra asustó muchísimo al papa Paulo III, quien había dado la autorización para que se hiciera la pintura.
Tanto Calvino como Lutero aceptaron la idea católica de un infierno. Hoy día, todavía se acepta la doctrina de un infierno de fuego. Según declara la New Catholic Encyclopedia “la principal característica del infierno es su fuego inextinguible [...] y eterno [...] Cualquier cosa que se quiera dar a entender por los términos ‘fuego inextinguible’ y ‘fuego eterno’, estas no deben considerarse como insignificantes”. El famoso evangelizador estadounidense, Billy Graham, añade: “La enseñanza de un infierno literal se halla en los credos de todas las principales iglesias [...] Dios consideró el infierno como algo tan real que envió a su Hijo unigénito al mundo para salvar del infierno a los hombres”.
No obstante, recientemente se ha desarrollado la tendencia de restar importancia a la enseñanza de que el fuego y el tormento del infierno sean literales y a explicar que estos indican la posibilidad de que uno se pierda y quede eternamente separado de Dios... un tormento mental. Sin embargo, una carta del Vaticano, publicada en 1979 con la aprobación del papa Juan Pablo II, reiteró la creencia de que los pecadores impenitentes van a un infierno ardiente y dio advertencia en contra de esparcir dudas acerca de esta creencia.
Efectos sobre los vivientes
La idea misma de un infierno ardiente ha causado incalculable tormento mental. Juan Bunyan, autor de Pilgrim’s Progress (Progreso del peregrino), escribió que cuando era un niño de solo nueve o diez años de edad le atemorizaban “sueños espantosos, y [...] temblaba al pensar en los terribles tormentos del infierno de fuego”. Muchas otras personas también han sufrido por esto. Un habitante de Durban, República de África del Sur, recuerda lo siguiente: “Cuando era niño, yo tenía terribles pesadillas acerca del infierno y lloraba de noche. Mis amorosos padres se esforzaban por consolarme, pero no podían”.
Por siglos el dogma del infierno de fuego se ha inculcado en la impresionable mente de jovencitos y se ha proclamado desde los púlpitos. ¿Qué efecto ha tenido este concepto en el corazón de la gente? ¿Ha causado que sea más bondadosa, amorosa y compasiva en sus tratos con otros?
Después que el historiador Enrique C. Lea menciona que los que dirigieron la infame Inquisición sentían que sus víctimas heréticas “podían salvarse del fuego eterno mediante el fuego temporal”, él pasa a decir en su libro titulado A History of the Inquisition of the Middle Ages (Historia de la Inquisición de la edad media): “Si un Dios justo y omnipotente infligía venganza divina sobre las criaturas que lo ofendieran, no pertenecía al hombre dudar de la justicia de Sus tratos, más bien, debería imitar Su ejemplo humildemente y regocijarse cuando Él le concediera la oportunidad de hacerlo”.
El historiador español Felipe Fernández Armesto también dice: ‘Es cierto que los tribunales inquisitoriales fueron despiadados al usar la tortura para obtener pruebas; pero de nuevo, las barbaridades de la tortura tienen que juzgarse a la luz de los tormentos que le esperaban en el infierno al herético si no confesaba’. (Cursivas nuestras.)
Muchos religiosos se han convertido en ateos debido a la doctrina del tormento eterno. Hasta Billy Graham reconoce que esta es “la creencia cristiana más difícil de aceptar”. Pero ¿apoya realmente la Biblia esta enseñanza?
¿Es una enseñanza del cristianismo?
Claro que sí, está en la Biblia’, tal vez digan muchos. La Biblia habla de personas que son echadas en un fuego. Pero los simbolismos son comunes en la Biblia. De modo que ¿es este fuego literal, o simbólico? Y si es simbólico, ¿qué representa?
Por ejemplo, Revelación capítulo 20, versículo 15 (Versión Valera, 1934), dice: “Y el que no fué hallado escrito en el libro de la vida, fué lanzado en el lago de fuego”. Pero el versículo 14 dice: “Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego”. ¡Qué extraño! ¿Ha de ser atormentado el infierno mismo? Y ¿cómo se puede arrojar la muerte, una condición, en un fuego literal? La parte final del versículo 14 dice: “Esta [el lago de fuego] es la muerte segunda”. Revelación 21, versículo 8, repite este punto. ¿Qué es esta “muerte segunda”? La Biblia de Jerusalén, una versión católica, añade esta nota al calce con respecto a “la muerte segunda”: “Muerte eterna. El fuego [...] es simbólico”. Esto es muy cierto, puesto que esta significa destrucción completa o aniquilación.
¡Qué interesante! ¡El “infierno” será destruido! Sin embargo, note que la palabra griega que se usa aquí es Hades, que significa “sepulcro”, de acuerdo con el diccionario Exhaustive Concordance of the Bible, por James Strong. ¿Están los muertos conscientes o sufriendo en el infierno o Hades? La Biblia contesta: “Los muertos no saben ya nada [...] puesto que ni obra, ni pensamiento, ni sabiduría, ni ciencia ha lugar en el sepulcro, hacia el cual vas corriendo”. (Eclesiastés 9:5, 10, Torres Amat.)
¿Permanecen en el Hades los muertos? No. Jesús mismo estuvo en el Hades o infierno, pero fue “levantado al tercer día”, tal como se enseña en la Biblia y en los credos de las iglesias. (1 Corintios 15:4; Hechos 2:29-32; Salmo 16:10.) Mediante Jesús, también “va a haber resurrección así de justos como de injustos”. (Hechos 24:15.) Así el Hades finalmente será vaciado y ya no existirá más... será ‘lanzado al lago de fuego’.
No obstante, algunos quizás pregunten: ¿Por qué dice Revelación 20, versículo 10, que el Diablo será atormentado en el lago de fuego? Como ya hemos visto, el lago de fuego es simbólico, entonces lógicamente, también lo es el tormento.
En tiempos bíblicos, los carceleros a menudo torturaban cruelmente a sus prisioneros, por eso eran llamados “atormentadores”. En una de sus ilustraciones, Jesús habló de un esclavo cruel que fue ‘entregado a los carceleros’... (griego, ba·sa·ni·stés, lo cual en realidad significa “atormentadores” y es vertido así en varias traducciones). (Mateo 18:34.) Así que, cuando Revelación dice que el Diablo y otros serán “atormentados [...] para siempre” en el lago de fuego, esto significa que serán “confinados” eternamente en la segunda muerte de destrucción completa. La Biblia dice que el Diablo, la muerte heredada de Adán y los inicuos impenitentes serán destruidos... “confinados” eternamente en el lago de fuego. (Compárese con Hebreos 2:14; 1 Corintios 15:26; Salmo 37:38.)
Si comprendemos el simbolismo de la Biblia entonces entenderemos a qué se refirió Jesús cuando dijo que los pecadores ‘serían arrojados al fuego del infierno, donde el gusano que les roe, nunca muere, ni el fuego jamás se apaga’. (Marcos 9:46, 47, TA.) La palabra griega que aquí se traduce “fuego del infierno”, es geʹen·na, o Gehena. Un valle que lleva ese nombre y que se usaba de basurero, el cual se hallaba a las afueras de la ciudad de Jerusalén. El fuego permanecía encendido día y noche para destruir los desperdicios de la ciudad. En ocasiones, también se quemaban los cuerpos de criminales, los cuales no eran dignos de recibir un entierro decente ni de una resurrección. En el valle también había gusanos que servían de agentes destructivos, ¡pero de ninguna manera eran gusanos inmortales! Jesús sencillamente estaba ilustrando de manera gráfica, para que los habitantes de Judea entendieran, que los inicuos impenitentes serían destruidos eternamente. Por lo tanto, Gehena significa lo mismo que “el lago de fuego”: representa la segunda muerte de destrucción eterna.
El dogma del tormento eterno se basa en la teoría de la “inmortalidad del alma”. No obstante, la Biblia claramente dice: “El alma que esté pecando... ella misma morirá”. (Ezequiel 18:4, 20; véase también Hechos 3:23.) Los proclamadores del “infierno de fuego” han hecho que el Dios verdadero, Jehová, parezca un malvado —un monstruo cruel— en vez de lo que realmente es: un Dios de amor, “misericordioso y benévolo [...] y abundante en bondad amorosa”. (Éxodo 34:6.)

Amorosamente, Dios ha hecho una provisión para salvar a los hombres, no del tormento, sino de la destrucción. Jesucristo dijo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3:16.).
En Jeremîas 32;35:, no dice que los israelitas desobedientes ellos a Dios, se volvieron a adorar a dioses como Baal y sacrificar a sus propios hijos e hijas pasandolos por el fuego ofreciêndoselos al dios Moloc, allî en el valle de Tofet o valle de los hijos de Hinôn, desde esos tiempos, ya cuando Josîas destruyô todos esos altares y prohibiô esos sacrificios, ese lugar pasô a ser para los israelitas un lugar maldito, tan maldiofue que jamâs se construyô ni siquiera una casa allî, de hecho, en ese valle ya en los tiempos de Jesûs fue allî donde Judas el traidor, se ahorcô.
Pues bien, con el tiempo, ese valle se convirtiô en el basurero de la ciudad de Jerusalêm, en el vertedero, porque toda ciudad tiene su vertedero, lugar donde la ciudad  tira sus desperdicios.
Veamos ahora lo que es la muerte.
la palabra que utiliza la Biblia para significar   la muerte es la palabra hebrea Sehol, que significa "la tumba", "el hoyo", "lo inferior", "el sepulcro", ya que el Antiguo Testamento se escribiô en hebreo y Arameo.
Ya en los tiempos de Jesûs, el idioma predominante de los pueblo continuaba siendo el griego, que aunque ya estos no dominaban, porque habîa aparecido el imperio romano, seguîa siendo el griego el idioma dominante y es en ese idioma en que se escribiô el Nuevo Testamento.
Cuando los traductores y copistas,  se encontraron   con la palabra hebrea Sehol, dicha palabra la tradujeron para el Nuevo Testamento como Hades, o sea Sehol y Hades significaban lo mismo, "la tumba", "lo inferior", "el hoyo", , "el sepulcro". El lugar donde vamos todos cuando morimos seamos ricos o pobres, grandes o pequeños.--- continuarâ

Lo que la gente cree y lo que la Biblia dice de la vida y la muerte




¿Qué cree la gente sobre la vida después de la muerte?
Si un hombre físicamente capacitado muere, ¿puede volver a vivir?” (JOB 14:14.)
EN UNA funeraria de la ciudad de Nueva York, amigos y parientes desfilan silenciosos ante el ataúd abierto para contemplar el cadáver del joven de 17 años, cuyo cuerpo el cáncer ha consumido. La madre, desolada, repite una y otra vez entre sollozos: “Tommy es más feliz ahora. Dios quería que estuviera con él en el cielo”. Eso es lo que se le ha enseñado a creer.
2 A 11.000 kilómetros de distancia, en Jamnagar (India), el mayor de tres hijos prende fuego a la leña en una pira funeraria para la cremación de su difunto padre. Junto al chisporroteo de la leña los brahmanes recitan mantras en sánscrito: “Que el alma que nunca muere siga esforzándose por convertirse en parte de la realidad suprema”.
3 La realidad de la muerte está a nuestro alrededor (Romanos 5:12). Es natural que nos preguntemos si la muerte pone fin a todo. Al reflexionar sobre el ciclo natural de las plantas, Job, un siervo fiel de Jehová Dios de tiempos antiguos, observó: “Existe esperanza hasta para un árbol. Si es cortado, todavía brota de nuevo, y su propia ramita no cesa de ser”. ¿Y el ser humano? “Si un hombre físicamente capacitado muere, ¿puede volver a vivir?”, preguntó Job (Job 14:7, 14). En todas las sociedades y en todos los tiempos la gente se ha planteado preguntas como: ¿Hay vida después de la muerte? Si es así, ¿qué clase de vida? En consecuencia, ¿qué ha llegado a creer la gente, y por qué?
Un tema común con muchas variaciones
4 Muchos cristianos nominales creen que después de la muerte la gente va al cielo o al infierno. Los hindúes, por otra parte, tienen fe en la reencarnación. Los musulmanes creen que habrá un día de juicio después de la muerte en el que Alá evaluará el comportamiento de cada persona y la enviará al paraíso o al infierno. En algunos países las creencias respecto a los muertos son una curiosa mezcolanza de tradiciones locales y cristianismo nominal. En Sri Lanka, por ejemplo, tanto budistas como católicos dejan las puertas y ventanas abiertas de par en par cuando hay una defunción en la familia, y colocan el ataúd con los pies del fallecido en dirección a la puerta principal. Piensan que con estas medidas se le facilita la salida de la casa al espíritu, o alma, del difunto. Muchos católicos y protestantes de África occidental siguen la costumbre de cubrir los espejos cuando muere alguien, para que nadie mire en ellos y vea el espíritu del difunto. Posteriormente, cuarenta días después del fallecimiento del ser querido, los familiares y amigos celebran la ascensión de su alma al cielo.
5 A pesar de estas diferencias, parece que casi todas las religiones coinciden en un punto. Creen que algo dentro del hombre —llámese alma o espíritu— es inmortal y sigue viviendo tras la muerte del cuerpo. Casi todas las religiones y sectas de la cristiandad, que se cuentan por cientos, dicen creer en la inmortalidad del alma. Esta creencia es asimismo un dogma oficial del judaísmo. En el hinduismo constituye el fundamento de la enseñanza de la reencarnación. Los musulmanes creen que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo. El aborigen australiano, el africano animista, el sintoísta, e incluso el budista, enseñan también variaciones de este mismo tema.
6 Por otro lado, hay quienes opinan que la vida consciente finaliza al morir. Para ellos la idea de que la vida emocional e intelectual subsiste en un alma impersonal y etérea separada del cuerpo es irrazonable. Miguel de Unamuno, escritor y erudito español del siglo XX, escribe: “Creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pasa sobre ella”. Esta también ha sido la opinión de gente tan diversa como los famosos filósofos de la antigüedad Aristóteles y Epicuro, el médico Hipócrates, el filósofo escocés David Hume, el docto hispanoárabe Averroes y el primer jefe del gobierno de la India independiente, Jawaharlal Nehru.
7 Ante tales ideas y creencias contradictorias, debemos preguntarnos: ¿Tenemos o no un alma inmortal? En caso de que el alma no sea inmortal, ¿cómo es posible que tal enseñanza falsa forme parte integrante de tantas religiones actuales? ¿De dónde surgió la idea? Es imperativo que encontremos respuestas fidedignas y satisfactorias a estas preguntas porque nuestro futuro está en juego (1 Corintios 15:19). Pero, en primer lugar, veamos cómo nació la doctrina de la inmortalidad del alma.
El origen de la doctrina
8 Se considera que Sócrates y Platón, filósofos griegos del siglo V a.E.C., fueron de los primeros en proponer la idea de la inmortalidad del alma. Pero ellos no la inventaron. Pulieron el concepto y lo transformaron en enseñanza filosófica, haciéndolo así más atractivo para las clases cultas de su día y del futuro. El hecho es que los mazdeístas de la antigua Persia y los egipcios anteriores a estos también creían en la inmortalidad del alma. La pregunta entonces es: ¿Cuál es el origen de la enseñanza?
9 “En el mundo antiguo [...] —dice el libro The Religion of Babylonia and Assyria (La religión de Babilonia y Asiria)—, Egipto, Persia y Grecia sintieron la influencia de la religión de Babilonia.” El libro sigue diciendo en cuanto a las creencias religiosas egipcias: “En vista de que el contacto entre Egipto y Babilonia fue temprano, como lo revelan las tablillas de El-Amarna, hubo muchísimas oportunidades de que los puntos de vista y costumbres babilónicos incidieran en los cultos egipcios”. Lo mismo puede decirse de las antiguas culturas persa y griega.
10 Pero, ¿creían los babilonios de la antigüedad en la inmortalidad del alma? El profesor Morris Jastrow, hijo, de la Universidad de Pennsylvania (E.U.A.), escribió: “Ni el pueblo ni los principales pensadores religiosos [de Babilonia] se plantearon jamás la posibilidad de que se aniquilara totalmente lo que había llegado a existir. La muerte [a su modo de ver] era un pasaje a otra clase de vida, y el no tener inmortalidad [de la vida actual] únicamente recalcaba la imposibilidad de eludir el cambio de existencia que venía con la muerte”. En efecto, los babilonios creían que después de la muerte continuaba alguna clase de vida. Una manifestación de esta creencia era su costumbre de enterrar objetos junto a los muertos para que los utilizaran en el más allá.
11 Está claro que la enseñanza de la inmortalidad del alma se remonta a la antigua Babilonia. ¿Es relevante ese hecho? Sí, pues según la Biblia, la ciudad de Babel, o Babilonia, fue fundada por Nemrod, un bisnieto de Noé. Después del diluvio universal del tiempo de Noé, solo existía un idioma y una religión. Nemrod no solo estaba “en oposición a Jehová”, sino que tanto él como sus seguidores quisieron hacerse “un nombre célebre”. Así, al fundar la ciudad y edificar una torre en ella, Nemrod dio inicio a una religión diferente (Génesis 10:1, 6, 8-10; 11:1-4).
12 Según la tradición, Nemrod sufrió una muerte violenta. Era de esperarse que después de su muerte los babilonios lo tuvieran en gran estima por haber sido el fundador, edificador y primer rey de la ciudad. Como al dios Marduk (Merodac) se le consideraba el fundador de Babilonia y varios reyes babilonios tomaron de él su nombre, algunos eruditos piensan que Marduk era Nemrod deificado (2 Reyes 25:27; Isaías 39:1; Jeremías 50:2). En tal caso, la idea de que el hombre tiene un alma que pervive después de la muerte debe haber sido común al menos para el tiempo en que murió Nemrod. De cualquier modo, las páginas de la historia revelan que, después del Diluvio, la enseñanza de la inmortalidad del alma nació en Babel, o Babilonia.
13 La Biblia también indica que Dios frustró los planes de los constructores de la Torre de Babel confundiendo su lenguaje. Como ya no podían comunicarse entre ellos, abandonaron el proyecto y fueron esparcidos “desde allí sobre toda la superficie de la tierra” (Génesis 11:5-9). Debe tenerse presente que aunque el lenguaje de los que iban a construir la torre fue alterado, su modo de pensar y conceptos no lo fueron. Por ello, llevaron consigo sus ideas religiosas allá donde fijaron su residencia. De ese modo, las enseñanzas religiosas babilónicas —entre ellas la inmortalidad del alma— se esparcieron sobre la faz de la Tierra y se convirtieron en el fundamento de las principales religiones del mundo. Así se fundó un imperio mundial de religión falsa, al que la Biblia llama apropiadamente “Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las cosas repugnantes de la tierra” (Revelación [Apocalipsis] 17:5).
El imperio mundial de religión falsa se extiende hacia el este
14 Algunos historiadores dicen que hace más de tres mil quinientos años se produjo una migración de un pueblo ario de tez clara desde el noroeste hasta el valle del Indo, hoy ubicado en su mayor parte en los países de Paquistán y la India. De ahí se extendieron a las llanuras del río Ganges y cruzaron la India. Algunos expertos dicen que las ideas religiosas de los inmigrantes se basaban en antiguas enseñanzas iraníes y babilónicas. Estas ideas religiosas se convirtieron en las raíces del hinduismo.
15 En la India la idea del alma inmortal tomó la forma de la doctrina de la reencarnación. Los sabios hindúes, que trataban de explicar el problema universal del mal y del sufrimiento humano, concibieron lo que se llama la ley del karma, la ley de causa y efecto. Combinando esta ley con la creencia en la inmortalidad del alma, concibieron la doctrina de la reencarnación, según la cual los méritos y deméritos de una vida eran recompensados o castigados en la siguiente. La meta de los fieles es la moksa, es decir, la liberación del ciclo de renacimientos y la unificación con la llamada realidad suprema o nirvana. Con el paso de los siglos el hinduismo se extendió, y con él la enseñanza de la reencarnación. Esta doctrina se ha convertido en el pilar del hinduismo actual.
16 Del hinduismo se derivaron otras fes, como el budismo, el jainismo y el sijismo. Estas también creen en la reencarnación. Además, cuando el budismo penetró en la mayor parte de Asia oriental —China, Corea, Japón y otras partes— influyó profundamente en la cultura y la religión de toda la zona. Esto dio lugar a religiones que reflejan una amalgama de creencias, con elementos del budismo, el espiritismo y la adoración de antepasados. Las más influyentes son el taoísmo, el confucianismo y el sintoísmo. De este modo, la creencia de que la vida sigue después de la muerte del cuerpo ha llegado a dominar el pensamiento y las prácticas religiosas de un gran sector de la humanidad en aquella parte del mundo.
¿Qué puede decirse del judaísmo, la cristiandad y el islam?
17 ¿Qué creen de la vida después de la muerte quienes profesan las religiones del judaísmo, la cristiandad y el islam? De estas, el judaísmo es, con diferencia, la más antigua. Sus raíces se remontan unos cuatro mil años hasta Abrahán, mucho antes de que Sócrates y Platón dieran forma a la teoría de la inmortalidad del alma. Los judíos de la antigüedad creían en la resurrección de los muertos, y no en la inherente inmortalidad humana (Mateo 22:31, 32; Hebreos 11:19). ¿Cómo, entonces, se introdujo en el judaísmo la doctrina de la inmortalidad del alma? La historia nos da la contestación.
18 En 332 a.E.C. Alejandro Magno conquistó el Oriente Medio, incluyendo a Jerusalén. Cuando sus sucesores prosiguieron con el plan de helenización, se produjo una fusión de las dos culturas, la griega y la judía. Con el tiempo, los judíos se familiarizaron con el pensamiento griego, y algunos hasta se hicieron filósofos.
19 Filón de Alejandría, del siglo primero de la era común, fue uno de estos filósofos. Como reverenciaba a Platón, intentó explicar el judaísmo desde el punto de vista de la filosofía griega, y de ese modo preparó el camino para pensadores judíos posteriores. El Talmud —comentarios escritos y leyes orales recopiladas por los rabinos— también recibió la influencia del pensamiento griego. “Los rabinos del Talmud —dice la Encyclopaedia Judaica— creían que la existencia del alma se prolongaba más allá de la muerte.” La literatura mística posterior, como la Cábala, llega al extremo de enseñar la reencarnación. De modo que la idea de la inmortalidad del alma penetró en el judaísmo por la influencia de la filosofía griega. ¿Qué puede decirse sobre la introducción de esa enseñanza en la cristiandad?
20 El cristianismo auténtico comenzó con Jesucristo. Miguel de Unamuno, citado antes, escribió respecto a Jesús: “Creía acaso en la resurrección de la carne, a la manera judaica, no en la inmortalidad del alma, a la manera platónica [griega]”. Unamuno concluyó: “La inmortalidad del alma [...] es un dogma filosófico pagano”. Por tanto, podemos ver por qué el apóstol Pablo previno con fuerza a los cristianos del siglo primero contra “la filosofía y el vano engaño según la tradición de los hombres, según las cosas elementales del mundo y no según Cristo” (Colosenses 2:8).
21 ¿Cuándo y cómo se infiltró este “dogma filosófico pagano” en la cristiandad? The New Encyclopœdia Britannica explica: “Desde mediados del siglo II d.C., los cristianos que habían recibido cierta educación en la filosofía griega empezaron a sentir la necesidad de expresar su fe en los términos de esta, tanto para su propia satisfacción intelectual como para convertir a los paganos cultos. La filosofía que más les convino fue el platonismo”. Dos de los primeros de tales filósofos que tuvieron una gran incidencia en las doctrinas de la cristiandad fueron Orígenes de Alejandría y Agustín de Hipona. Ambos fueron muy influidos por las ideas de Platón y desempeñaron un papel decisivo en la fusión de aquellas ideas con las enseñanzas cristianas.
22 Aunque la idea de la inmortalidad del alma en el judaísmo y la cristiandad se debe a la influencia platónica, el islam contuvo ese concepto desde su mismo principio. El Corán, el libro sagrado del islam, enseña que el hombre tiene un alma que sigue viviendo tras la muerte. Dice que el destino final del alma es la vida en un jardín paradisíaco celestial, o el castigo en un infierno ardiente. Esto no significa que los eruditos árabes no intentaran conciliar las enseñanzas islámicas con la filosofía griega. De hecho, la obra de Aristóteles tuvo cierta influencia en el mundo árabe; no obstante, los musulmanes siguen creyendo en la inmortalidad del alma.

23 Está claro, pues, que las religiones del mundo han desarrollado un desconcertante conjunto de creencias sobre el más allá, basadas en la enseñanza de que el alma es inmortal. Y estas creencias han afectado, es más, han dominado y esclavizado a miles de millones de personas. Por ello, nos sentimos obligados a preguntar: ¿Es posible averiguar la verdad de lo que nos sucede cuando morimos? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué dice la Biblia al respecto?

¿Qué dice la Biblia sobre la vida después de la muerte?
Polvo eres y a polvo volverás.” (GÉNESIS 3:19.)
LA TEORÍA del sufrimiento eterno no es compatible con la creencia de que Dios ama las cosas creadas. [...] Creer que se castiga eternamente al alma por los errores de unos cuantos años, sin darle la oportunidad de enmendarse, va contra los dictados de la razón”, observó el filósofo hindú Nikhilananda.
2 Al igual que Nikhilananda, hoy en día muchas personas se sienten incómodas con la enseñanza del tormento eterno. Del mismo modo, a otros les cuesta entender conceptos tales como el acceso al nirvana y la unidad con la naturaleza. Aun entre los que afirman basar sus creencias en la Biblia, existen ideas distintas sobre qué es el alma y qué le sucede cuando morimos. Pero ¿qué enseña la Biblia realmente sobre el alma? Para averiguarlo, tenemos que examinar los significados de las palabras hebrea y griega que se traducen por “alma” en la Biblia.
El alma según la Biblia
3 La palabra hebrea traducida por “alma” es né·fesch, y aparece 754 veces en las Escrituras Hebreas. ¿Qué significa né·fesch? Según The Dictionary of Bible and Religion, “normalmente se refiere al ser vivo entero, al individuo completo”. Eso es lo que se deduce de la descripción del alma que hace la Biblia en Génesis 2:7: “Jehová Dios procedió a formar al hombre del polvo del suelo y a soplar en sus narices el aliento de vida, y el hombre vino a ser alma viviente”. Observemos que el primer hombre “vino a ser” un alma. Es decir, Adán no tenía un alma, sino que era un alma, tal como el hombre que llega a ser médico es médico. Por lo tanto, el vocablo alma designa aquí a la persona completa.
4 La palabra traducida por “alma” (psy·kjé) aparece más de cien veces en las Escrituras Griegas Cristianas. Al igual que né·fesch, este término a menudo se refiere a la persona completa. Por ejemplo, fijémonos en las siguientes expresiones: “Mi alma está perturbada” (Juan 12:27), “empezó a sobrevenirle temor a toda alma” (Hechos 2:43), “toda alma esté en sujeción a las autoridades superiores” (Romanos 13:1), “hablen confortadoramente a las almas abatidas” (1 Tesalonicenses 5:14) y “unas pocas personas, es decir, ocho almas, fueron llevadas a salvo a través del agua” (1 Pedro 3:20). Está claro que psy·kjé, del mismo modo que né·fesch, designa a la persona completa. Según el escriturario Nigel Turner, esta palabra “denota lo que es característicamente humano, el yo personal, el cuerpo material en el que se ha infundido el rûaḥ [espíritu] de Dios. [...] El énfasis se pone en todo el ser”.
5 Es de interés que en la Biblia el término alma no solo se aplica a los seres humanos, sino también a los animales. Por ejemplo, al describir la creación de las criaturas marinas, Génesis 1:20 dice que Dios mandó: “Enjambren las aguas un enjambre de almas vivientes”. Y en el siguiente día de la creación, Dios dijo: “Produzca la tierra almas vivientes según sus géneros, animal doméstico y animal moviente y bestia salvaje de la tierra según su género” (Génesis 1:24; compárese con Números 31:28).
6 Por consiguiente, en la Biblia la palabra alma hace referencia a una persona o un animal, o a la vida que estos poseen (véase el recuadro). La definición bíblica de alma es sencilla y coherente, y está libre de las complicadas filosofías y supersticiones humanas. Siendo ese el caso, la pregunta apremiante que debe plantearse es: Según la Biblia, ¿qué le sucede al alma en el momento de la muerte?
Los muertos están inconscientes
7 La condición de los muertos se expone claramente en Eclesiastés 9:5, 10, donde leemos: “Los muertos nada saben [...;] no hay obra, ni actividad mental, ni ciencia, ni sabiduría en el sepulcro” (La Biblia, Ediciones Sigal). Por consiguiente, la muerte es un estado de inexistencia. El salmista escribió que cuando la persona muere “vuelve a su suelo; en ese día de veras perecen sus pensamientos” (Salmo 146:4). Los muertos están inconscientes, inactivos.
8 Al pronunciar sentencia contra Adán, Dios dijo: “Polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Antes de que Dios lo formara del polvo del suelo y le diera vida, Adán no existía. Cuando murió, retornó a ese estado. Su castigo fue la muerte, no la transferencia a otro mundo. ¿Qué le ocurrió, entonces, a su alma? Como en la Biblia la palabra alma con frecuencia se refiere sencillamente a la persona, cuando decimos que Adán murió, estamos diciendo que el alma llamada Adán murió. Esto podría parecer extraño al que cree en la inmortalidad del alma. No obstante, la Biblia afirma: “El alma que peca... ella misma morirá” (Ezequiel 18:4). Levítico 21:1 habla de “un alma difunta” (“el cadáver”, Biblia de Jerusalén). Y a los nazareos se les dijo que no se acercaran a “ninguna alma muerta” (“cuerpo muerto”, Versión Moderna) (Números 6:6).
9 Pero ¿qué puede decirse del relato de Génesis 35:18 sobre el trágico fallecimiento de Raquel mientras daba a luz a su segundo hijo? El texto dice: “Al ir saliendo el alma de ella (porque murió), lo llamó por nombre Ben-oní; pero su padre lo llamó Benjamín”. ¿Implica este pasaje que Raquel tenía un ser interior que a su muerte la abandonó? Ni mucho menos. Recordemos que el término alma también puede referirse a la vida que posee la persona. Así, en este caso, el “alma” de Raquel sencillamente denota su vida. Por eso, otras versiones de la Biblia, en vez de utilizar la expresión “ir saliendo el alma de ella”, optan por soluciones como “la abandonaba la vida” (Mariano Galván Rivera), “exhaló su último suspiro” (Nueva Reina-Valera) y “con su último aliento” (Levoratti-Trusso). No hay ningún indicio de que una parte misteriosa de Raquel sobreviviera después de su muerte.
10 Un caso parecido es el de la resurrección del hijo de una viuda, que recoge el capítulo 17 de 1 Reyes. En el versículo 22 leemos que cuando Elías oró por el pequeño “Jehová escuchó la voz de Elías, de modo que el alma del niño volvió dentro de él, y llegó a vivir”. También en este pasaje la palabra alma significa “vida”. Por esa razón, la versión Nueva Reina-Valera dice: “La vida del niño volvió a él, y revivió”. En efecto, fue la vida, no una entidad inmaterial, lo que regresó al muchacho. Esto concuerda con lo que Elías le dijo a la madre: “Mira, tu hijo [la persona completa] está vivo” (1 Reyes 17:23).
¿Qué es el espíritu?
11 La Biblia dice que cuando alguien muere, “sale su espíritu, él vuelve a su suelo” (Salmo 146:4). ¿Significa esto que un espíritu incorpóreo literalmente parte y sigue viviendo después de la muerte? Lo que dice el salmista a continuación elimina tal posibilidad: “En ese día de veras perecen sus pensamientos” (“se desvanecen todas sus ideas”, Salmo 145:4, Salterio español [146:4, NM]). Por consiguiente, ¿qué es el espíritu, y en qué sentido “sale” de la persona en el momento de la muerte?
12 El significado primario de las palabras traducidas en la Biblia por “espíritu” (hebreo, rú·aj; griego, pnéu·ma) es “aliento”. De ahí que, en vez de “sale su espíritu”, la versión Reina-Valera (revisión de 1960) utilice la expresión “sale su aliento” (Salmo 146:4). Pero el vocablo espíritu implica mucho más que el aliento o la respiración. Por ejemplo, Génesis 7:22 dice respecto a la destrucción de la vida humana y animal en el diluvio universal: “Todo lo que tenía activo en sus narices el aliento de la fuerza [o espíritu; hebreo rú·aj] de vida, a saber, cuanto había en el suelo seco, murió”. De manera que espíritu puede referirse a la fuerza de vida que está activa en todas las criaturas vivas, tanto humanas como animales, y que se sostiene mediante la respiración.
13 Entonces, ¿por qué dice Eclesiastés 12:7 que cuando la persona muere “el espíritu mismo vuelve al Dios verdadero que lo dio”? ¿Significa esto que el espíritu literalmente viaja por el espacio hasta la presencia de Dios? No, tal idea no está implícita. Puesto que el espíritu es la fuerza de vida, “vuelve al Dios verdadero” en el sentido de que toda esperanza de vida futura de la persona depende por completo de Dios. Solo él puede devolver el espíritu, o fuerza de vida, a una persona, y así hacer que viva de nuevo (Salmo 104:30). Pero ¿se propone Dios hacer tal cosa?
Se levantará”
14 En el pueblo de Betania, situado a unos tres kilómetros al este de Jerusalén, María y Marta lloraban la muerte prematura de su hermano Lázaro. Jesús compartía su sentimiento, pues tenía afecto a Lázaro y a sus hermanas. ¿Cómo podía Jesús consolar a estas mujeres? No contándoles ninguna historia enrevesada, sino diciéndoles la verdad. Dijo sencillamente: “Tu hermano se levantará”. Luego fue a la tumba y resucitó a Lázaro, devolviendo la vida a un hombre que había estado muerto cuatro días (Juan 11:18-23, 38-44).
15 ¿Se sorprendió Marta porque Jesús le dijera que Lázaro se ‘levantaría’? Parece que no, pues respondió: “Yo sé que se levantará en la resurrección en el último día”. Ya tenía fe en la promesa de la resurrección. Jesús entonces le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir” (Juan 11:23-25). El milagro de la resurrección de Lázaro sirvió para fortalecer su fe y dio fe a otras personas (Juan 11:45). Pero ¿qué significa exactamente el término resurrección?
16 La palabra resurrección traduce el vocablo griego a·ná·sta·sis, que significa literalmente “acción de ponerse de pie (levantarse) de nuevo”. Los traductores hebreos del griego han traducido a·ná·sta·sis por una expresión que significa “reanimación de los muertos” (hebreo, teji·yáth ham·me·thím). Así pues, la resurrección implica levantar de su estado inanimado a la persona que ha muerto, devolviéndole y reactivando su personalidad.
17 Puesto que su sabiduría es infinita y su memoria perfecta, Jehová Dios puede resucitar fácilmente al individuo. Para él no es difícil recordar la personalidad que tenía antes de morir: su modo de ser, sus vivencias y todos los demás detalles de su identidad (Job 12:13; compárese con Isaías 40:26). Además, como muestra la experiencia de Lázaro, Jesucristo tiene tanto el deseo de resucitar a los muertos como el poder para hacerlo (compárese con Lucas 7:11-17; 8:40-56). De hecho, Jesucristo dijo: “Viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz [la de Jesús] y saldrán” (Juan 5:28, 29). En efecto, Jesucristo prometió que todos los que están en la memoria de Jehová resucitarán. La Biblia indica claramente que el alma muere y que el remedio para la muerte es la resurrección. Pero miles de millones de personas han vivido y han muerto. ¿Quiénes, de todas ellas, están en la memoria divina, aguardando la resurrección?
18 Los que han llevado una vida recta por ser siervos de Jehová resucitarán. Pero ha habido millones de seres humanos que han muerto sin haber demostrado si obedecerían o no las normas justas de Dios, ya que no conocían sus requisitos o no tuvieron suficiente tiempo para efectuar los cambios necesarios. Estos también están en la memoria de Dios y serán resucitados, pues la Biblia promete: “Va a haber resurrección así de justos como de injustos” (Hechos 24:15).
19 El apóstol Juan tuvo una visión emocionante de personas resucitadas que estaban de pie delante del trono de Dios. Parte de su descripción escrita dice: “El mar entregó los muertos que había en él, y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos, y fueron juzgados individualmente según sus hechos. Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esto significa la muerte segunda: el lago de fuego” (Revelación 20:12-14). ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? Todos los muertos que están en la memoria de Dios serán liberados del Hades, o Seol, la sepultura común de la humanidad (Salmo 16:10; Hechos 2:31). A continuación, “la muerte y el Hades” serán arrojados al llamado “lago de fuego”, un símbolo de destrucción total. La sepultura común de la humanidad dejará de existir.
Una esperanza extraordinaria
20 Cuando vuelvan a la vida millones de personas en la resurrección, no lo harán para vivir en una Tierra vacía (Isaías 45:18). Despertarán en un entorno embellecido, y descubrirán que se les ha preparado vivienda, ropa y alimento en abundancia (Salmo 67:6; 72:16; Isaías 65:21, 22). ¿Quiénes realizarán todos estos preparativos? Obviamente, tendrá que haber gente en el nuevo mundo antes de que comience la resurrección terrestre. Pero ¿quiénes?
21 El cumplimiento de la profecía bíblica muestra que vivimos en “los últimos días” de este sistema de cosas (2 Timoteo 3:1). Dentro de poco, Jehová Dios va a intervenir en los asuntos humanos para eliminar la maldad de la Tierra (Salmo 37:10, 11; Proverbios 2:21, 22). ¿Qué les ocurrirá entonces a los que estén sirviendo fielmente a Dios?
22 Al aniquilar a los malvados, Jehová no destruirá también a los justos (Salmo 145:20). Nunca lo ha hecho en el pasado, ni lo hará cuando limpie la Tierra de toda maldad (compárese con Génesis 18:22, 23, 26). En realidad, el último libro de la Biblia habla de “una gran muchedumbre, que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas”, que sale de “la gran tribulación” (Revelación 7:9-14). En efecto, una gran multitud sobrevivirá a la gran tribulación que pondrá fin al actual mundo perverso, y entrará en el nuevo mundo de Dios. Allí la humanidad obediente se beneficiará a plenitud de la maravillosa provisión divina para liberarla del pecado y la muerte (Revelación 22:1, 2). Por lo tanto, la “gran muchedumbre” nunca tendrá que experimentar la muerte. ¡Qué esperanza tan extraordinaria!
Vida sin muerte
23 ¿Podemos confiar en esta asombrosa expectativa? ¡Claro que sí! El propio Jesucristo indicó que llegará el día en que la gente vivirá sin tener que morir. Justo antes de resucitar a su amigo Lázaro, Jesús dijo a Marta: “Todo el que vive y ejerce fe en mí no morirá jamás” (Juan 11:26).
24 ¿Desea usted vivir para siempre en el Paraíso terrestre? ¿Anhela volver a ver a sus seres queridos? “El mundo va pasando, y también su deseo, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”, dice el apóstol Juan (1 Juan 2:17). Ahora es el momento de informarse sobre cuál es la voluntad de Dios, y resolverse a vivir en armonía con ella. Entonces usted, junto con los demás millones de personas que ya están haciendo la voluntad de Dios, podrá vivir para siempre en el Paraíso en la Tierra.


Alma” o vida de la criatura

La palabra alma a veces se refiere a la vida del ser humano o del animal, lo cual no altera su definición bíblica de “persona” o “animal”. A modo de ilustración: tal como decimos que el hombre es un ser vivo, también podemos decir que tiene vida. De igual modo, el hombre es un alma, pero, mientras está vivo, puede decirse que tiene alma.

Por ejemplo, Dios le dijo a Moisés: “Han muerto todos los hombres que buscaban tu alma”. Está claro que los enemigos de Moisés estaban tratando de quitarle la vida (Éxodo 4:19; compárese con Josué 9:24; Proverbios 12:10). Jesús usó la palabra de manera similar cuando dijo: “El Hijo del hombre [...] vino para [...] dar su alma en rescate en cambio por muchos” (Mateo 20:28; compárese con 10:28). En ambos casos la palabra alma significa “vida de una criatura”.



Por ahora, la mayorìa està acà